¿De qué se trata?
De la manera según la cual debe habérselas con la Filosofía una Ciudad para no perecer.
Platón
República
Desde las coordenadas en que nos situamos, que son las del materialismo filosófico, la Filosofía no es tenida como un saber erudito o especulativo, abstracto o accesorio. Tampoco es un saber exclusivamente enciclopédico o doxográfico, volcado hacia el estudio pormenorizado de lo dicho por Platón, Espinosa, Husserl o Bergson, al márgen de cualquier referencia al contenido de la realidad circundante.
Pero tampoco es la filosofía, como sucede cuando es vista desde el reduccionsimo sociológico, un saber elitista o un lujo cultural, reservado para aquél que, una vez habiendo resuelto ya las cuestiones mundanas de la vida -con la "vida resuelta", como suele decirse-, esté posibilitado entonces para retirarse, mirando acaso con desdén hacia la "vida práctica", a los placeres contemplativos y especulativos -o espirituales, como suele también decirse-. Y mucho menos puede ser considerada la filosofía como un "amor al saber", según las más elementales y psicologistas respuestas etimológicas que conducen casi siempre a muy poca cosa (y es que, además de este simplismo etimológico, ¿hemos entonces de considerar como filosófico al amor que un matemático puede tener por su saber?).
La filosofía es entonces un saber para el presente y desde el presente, configurado como racionalidad práctica de segundo grado que se abre paso entre medio de los saberes de primer grado, como son los saberes técnicos, científicos, políticos o históricos: 'no es la Filosofía la que tiene que construir las referencias individuales, porque éstas son dadas por la práctica política, social, científica, en cuyo suelo se implanta la conciencia filosófica', nos dice Gustavo Bueno en la página 10 de sus Ensayos materialistas, de 1972.
La filosofía es vista pues por nosotros como plataforma de racionalidad crítica y sistemática cuya materia son las Ideas que se han ido recortando sobre la base de una realidad conceptualizada y categorizada, fundamentalmente por los saberes científicos y técnicos. Desde este punto de vista, toda filosofía susceptible de ser considerada como tal habrá de ofrecérsenos obligadamente como sistema filosófico; un sistema capaz de ofrecer, a la manera de un Mapamundi, y según la ontología y la gnoseología que suponemos ha de tener como basamento, interpretaciones totalizadoras, aunque no clausuradas, de la realidad presente.
En este sentido, podemos decir con Gramsci que todo hombre es un filósofo en tanto que cuenta con un cuadro de Ideas generales, por mínimo que este cuadro pueda ser, con arreglo a las cuales orienta las operaciones de su vida práctica (social, política, ideológica, moral).
La clave de la cuestión, entonces, radica no ya en la disyuntiva filosofía sí/filosofía no -"hechos y no palabras", dirán quienes consideran a la filosofía como mera teoría-, sino en la necesidad de optar entre una filosofía coherente, sistemática y mejor trabada, capaz de explicar desde sus coordenadas a los sistemas que lo circundan y en función de cuya confrontación dialéctica delimita sus propias fronteras, y una filosofía menos coherente, no sistemática o delirante.
Nuestra opción es la del sistema racional del materialismo filosófico.
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