
GLADIOS. Fundada y dirigida por Luis Enrique Erro, en la ciudad de México, en el año de 1916.
Solamente fueron editados dos números.
Fuente: Colección Revistas Literarias Mexicanas Modernas del Fondo de Cultura Económica, edición de 1979.
De la edición del FCE (1979)
NOTICIA
Gladios, México, año I, núm. 1, enero 1916 – año I, núm. 2, febrero de 1916. Mensual. Director: Luis Enrique Erro. Administrador: Octavio G. Barreda. Secretario: Guillermo Dávila. Tesorero: Ignacio Enrique Vega. Jefe de Redacción: Enrique Ortega Flores. Secretario de Redacción: Javier Piña y Palacios. (Dos números).
Secciones: Ciencia, Luis Enrique Erro. Historia y Bibliografía, Guillermo Dávila. Música, Carlos Chávez Ramírez. Literatura, Carlos Pellicer Cámara. Artes Plásticas, Eduardo Chávez.
Entregas de 96 y 90 pp respectivamente, con ilustraciones fuera de texto (Jan Stika, Mateo Herrera, Saturnino Herrán, Félix Parra y Sebastián de Arteaga).
PRESENTACIÓN
El año de 1914, en que triunfan definitivamente las fuerzas revolucionarias de Carranza, se considera como el que trajo un verdadero cambio político y social en el país, cambio que viene por otra parte a coincidir con el operado en el mundo con motivo de la primera Guerra Mundial. Por esas fechas los componentes de la promoción literaria a que pertenezco estudiábamos apenas el segundo o tercer año de la antigua Preparatoria, y contábamos entre quince y diecisiete años de edad.
No recuerdo cómo ni cuándo se fue formando nuestro grupo, pero el caso es que en ese año éramos inseparables, entre otros amigos, el ingenio quizá más notable de nuestra generación, Luis Enrique Erro; el que fuera posteriormente uno de nuestros mejores poetas, Carlos Pellicer, y el que llegó con el tiempo a ser el más destacado músico de México, Carlos Chávez. Nos dio, como casi sintomático en grupos similares, por “hacer una revista”. El panorama intelectual y cultural en esos días era desastroso. Lógico y natural era que el movimiento armado y la agitación consiguiente en que había caído el país desde dos o tres años antes, trajeran en los planteles educativos un desorden y una desorientación bastante graves. Ligados como estaban con el régimen anterior, la mayoría de nuestros maestros habían huido o se hallaban amedrentados por temores a represalias, justas o injustas, del nuevo gobierno. No existían espectáculos o manifestaciones artísticas de valía, y en cuestión de publicaciones podría decirse que éstas eran casi nulas o de una calidad insufrible. La última revista de altura –Nosotros- había ya desaparecido, y en el horizonte no se perfilaba nada alentador.
A fines de ese año teníamos ya bien pensada nuestra revista, mas nos faltaban, claro, los elementos para realizarla. Decidimos, aún ingenuos y sin la menor malicia política, acercarnos al gobierno revolucionario y pedirle ayuda para satisfacer la sed de nuestra ambición. Fue, en verdad, demasiado audaz de nuestra parte y a nuestra edad el habernos atrevido a pedir audiencia, y lograrla, del primer ministro revolucionario que ocupaba la antigua Secretaría de Instrucción Pública, el ingeniero Félix F. Palavicini, y solicitarle un subsidio, el cual nos fue milagrosamente concedido.
El nombre de Gladios debióse a Carlos Pellicer, posiblemente impresionado en aquella su juventud romántica por todo lo que fuese fuerza y esplendor, como lo fue Roma en sus días. ¿Y qué símbolo mejor para representar ese mundo imperial que los gladiadores o las espadas de éstos –los gladios romanos? Nos pusimos a trabajar, abrimos despacho –un rincón en casa de los Chávez- y lanzamos el primer número en enero de 1916, año y medio después de la desaparecida Nosotros y seis meses antes de aquella otra famosa revista La Nave, de un solo ejemplar, que Pablo Martínez del Río y los Grandes del México literario de entonces dieron a la estampa en mayo de ese mismo año. Nuestra inconsciencia e ímpetu no tenían límites: perfectos desconocidos, sin más méritos que algunas lecciones más o menos bien dadas, nos habíamos acercado a las figuras que juzgábamos de más relieve para arrancarles –ésa es la palabra- colaboraciones sin remuneración y sin más garantía que nuestro visible entusiasmo y aturdimiento.
La redacción quedó formada de la siguiente forma: Erro, director; Barreda, administrador (por entonces aún no se usaba la palabra editor); Guillermo Dávila, secretario, y Javier Piña y Palacios, jefe de redacción. Los encargados de las diversas secciones en que dividimos el contenido, fueron: de Literatura, Carlos Pellicer; de Música, Carlos Chávez; de Artes Plásticas, su hermano Eduardo; de Historia y Bibliografía, Guillermo Dávila, y de Ciencia, el mismo Erro (el cual, como sabemos, acabó como matemático y astrónomo). El primer número salió con más de noventa páginas, un hecho insólito para entonces, e incluyó cinco buenos grabados hors de texte, adheridos en cartulina para coleccionarse, si se quería, por separado…
Era fácil apreciar que la revista no podía ir por mejor camino. Había tenido éxito y había despertado, como era natural, sorpresas, suspicacias y hasta posibles resentimientos. ¿Cómo era posible que se pusiera en manos de unos intrusos, de unos adolescentes desconocidos, un subsidio de tal naturaleza cuando había otras personas de mayores méritos –y en verdad que las había- a quienes debería corresponder la primacía en estos asuntos? Comenzó a nuestras espaldas el rejuego, según nos enteramos después, ante el propio secretario de Instrucción Pública; y un día, el menos esperado, cuando el tercer número estaba en prensas, fuimos notificados, del modo más inesperado, que la subvención se nos quitaba y era traspasada a un grupo de escritores, mayores que nosotros, formado y encabezado por el inquieto y activísimo Agustín Loera y Chávez. Ahí acabó, pues, nuestro primer entusiasmo y esfuerzo, que sirvieron, sin embargo, aunque de modo indirecto, para la aparición de aquella serie de valiosos cuadernos de Cultura que dirigieron durante muchos años el propio Loera y Chávez y Manuel Toussaint.
Gladios, en realidad, no representó una verdadera novedad literaria o artística, a no ser la de reanudar, sirviendo de puente, una tradición heroica, la cual –según creíamos- estaba en peligro de muerte. Tuvo, no obstante, uno o más aciertos, como fueron el tratar de dar relieve –algo inusitado por entonces- a las artes plásticas y a la música, mejor dicho, a la literatura musical, literatura que por lo general se halla excluida o arrinconada en la mayoría de nuestras revistas. Respecto a lo primero, leamos lo que decíamos en el segundo número (página 180): “Los países jóvenes… miran muy poco o casi nada a lo que tienen dentro de sí mismos; en la carrera que entablan para alcanzar a los que por ley natural les preceden, olvidan casi por completo su personalidad; sus poetas, pintores, monumentos y riquezas les parecen indignos, pobres, atrasados. Pero vienen, por ley natural también, las revoluciones, y detenidos en su arrebatada carrera los pueblos jóvenes, por sus luchas interiores, miran dentro de sí mismos, sienten el poder de su propio impulso y comienzan a tener noción clara de su ser… Es el momento en que surgen los poetas y los pensadores y salen a la luz de las inteligencias los tesoros escondidos o ignorados… Nosotros queremos aprovechar este momento en que la suerte nos coloca para desenterrar todo aquello que encontramos sepulto o vivo…”
No era gran cosa lo que decíamos, pero haciendo a un lado cierto toque declamatorio y retórico, la orientación era al menos correcta y bien anticipada, de todo lo cual los supervivientes de aquella promoción nos sentimos más que orgullosos.
Octavio G. Barreda, “Gladios, San-ev-ank, Letras de México, El Hijo Pródigo”, en: Las revistas literarias de México, México, INBA, Departamento de Literatura, 1963, pp. 210-216.
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